¿Cómo nos puede afectar una maldición?

Sepa cómo se desencadenan las alteraciones psíquicas y fisiológicas que puede provocar un intercambio violento de palabras y cuáles son sus mortíferas consecuencias.

Una manera de comprender la realidad, de asociar los hechos para poder conocerlos, es la que los enlaza de acuerdo con fórmulas mágicas, como pueden serlo el cumplimiento de profecías y designios malignos.  Aunque para las personas que se consideran civilizadas, las maldiciones son meras supersticiones poco dignas de crédito, no debe  subestimarse su significación ni, especialmente, a aquellas personas que sí creen en ellas. La historia da cuenta de casos en que los efectos de estos poderes imaginarios tienen consecuencias reales. Y a veces, el resultado es la muerte.

Las consecuencias físicas y psíquicas

Es bien sabido que el pánico provoca una actividad intensa en el sistema nervioso simpático. En condiciones normales, esta actividad favorece las reacciones del individuo frente a una amenaza, pero ante la imposibilidad de defenderse –por efecto de su propia sugestión, explican los científicos especialistas en el tema- esta función se desorganiza. Se produce entonces una disminución en la presión sanguínea que puede causar daños irreparables en el aparato circulatorio. La víctima cae presa de la angustia y el desgano, pierde apetito y no bebe. La deshidratación hace disminuir el volumen de sangre en circulación y el organismo se desmorona. Se crea o no, con prejuicios o sin ellos, la maldición termina surtiendo efecto.

El poder de la sugestión

Psicológicamente, la sugestión tiene el peso de la certidumbre. Así, quien se siente amenazado por una maldición, provoca en forma inconsciente la concreción de su destino debido a que está absolutamente convencido de que no puede escapar a él; de ahí en más, le atribuirá, a la maldición que pesa sobre sí, todo el mal que le ocurra.

Amuleto protector

Para evitar absorber energías negativas en la casa, se colocará encima de la puerta de entrada un aspa realizada con dos ramitas de árbol, que deberá ser un pino, muérdago o fresno. Se atarán las ramitas con cuerdas o hilo blanco. En el centro del aspa se colocará una  rama de trigo o espiga que se dejará secar y al pie de la espiga, pondremos una cinta verde, otra roja, otra azul y una amarilla. Nunca se lavarán estas cintas. Si éstas se deterioraran y quisiéramos reponerlas, no debemos lavarlas sino poner nuevas el día que comienza el otoño o el primer día del año.

INGRESA A NUESTRA COMUNIDAD EN FACEBOOK

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *