¿Cómo superar el sufrimiento?

La autocompasión es un sentimiento muy destructivo, sepa como dominarla y eliminarla de su vida para siempre.

Sentir pena por uno mismo es natural. A todos nos han pasado cosas dolorosas y a veces terribles. A medida que uno va creciendo parece ser que va aprendiendo a manejar el dolor y el impacto que nos producen las cosas dañinas o las injusticias. Ese sufrimiento es parte de la vida humana y no se puede negar, sino que debemos aprender a sobrellevarlo y a superar algunas cuestiones y transformar otras. Lo mismo sucede con la alegría, pero parece ser que ésta se escapa fácilmente y ocupa en nuestras vidas momentos más efímeros, al contrario del dolor, tristeza, nostalgia, pesimismo, etc. que parecen aferrarse con mayor facilidad.

Las religiones suelen mostrarnos como solución de estos casos el abrigo de un Dios que todo lo perdona y que consuela, y así se busca que acepemos nuestras penas. Sin embargo, en esta nota no queremos hablar de consuelo, porque eso no resuelve el problema en sí, sino que proponemos aprender a manejar el sufrimiento para sobreponernos rápidamente y seguir viviendo la vida con alegría y expectativas positivas. Después de todo: “somos lo que pensamos” y si quedamos continuamente pegados al sufrimiento, eso será nuestra vida.

¿Qué es el sufrimiento?

Una de las primeras claves del problema es cuando nos cuestionamos ¿por qué me pasa esto a mí? El verdadero problema reside en plantarse desde el lugar trágico de “a mí”.  Cuando miramos el mundo desde el yo individual todo se magnifica y pierde su proporción real. Esto no significa que el sufrimiento que se siente no sea real para uno, ni que sea menor de lo que es, sino que la cuestión es dejar de verlo como algo personal, como algo que sólo se refiere a nosotros mismos. Porque el mundo y todas las personas sufren de formas diferentes y no alcanzan las palabras para describirlo.

El problema se torna más grave cuando prevalece la sensación de  “siento pena de mí”, de automartirizarnos o victimizarnos. Por ello, este es el punto que debemos evitar. Podríamos decir que esa sensación es “normal” porque así nos lo ha inculcado la sociedad, pero caer en un “valle de lágrimas” constante puede llevarnos a la desesperación y la autodestrucción.

Más allá la gravedad del asunto que nos implique el sufrimiento, lo que debemos eliminar como primera medida es la autocompasión, sentir pena por uno mismo. Es este sentimiento el que nos condena a la tristeza y la melancolía, el que nos impide disfrutar de las cosas buenas de las que todavía podemos disfrutar, a pesar del dolor.

Pero, ¿cómo evitarla? Hay una forma pero requiere de un acto de suprema comprensión espiritual, que muy pocas personas están dispuestas a llevar a cabo. Intentaremos entender y mostrar con un ejemplo concreto de poca gravedad,  para luego, una vez aprehendido volcarlo a lo más serio que puede sucedernos en nuestra vida.

El poder de la indiferencia

Tomemos como ejemplo un pequeño acto dañino de alguien hacia nosotros: un insulto, por ejemplo. Nuestra reacción natural es ofendernos con la persona que nos ha agraviado. Pero, lo que en realidad deberíamos hacer es poner en práctica la “suprema indiferencia”. El primer paso consiste en  repetirnos que la situación no nos importa, a modo de frase: “No me importa, no me importa…”.  Si persistimos venceremos al sentimiento natural de ofensa.

Lo que estamos intentando instalar en nuestra mente es una convicción profunda de indiferencia, pero no de negación de lo que ocurre. No decimos “no me afecta” o “lo perdono”, por ejemplo. Reconocemos los hechos por lo que son en realidad: nos afectan pero cultivamos la indiferencia.  No es que neguemos lo que sucede;  lo que sí haremos es defendernos de una forma efectiva. Pero lo haremos desde un estado espiritual y mental.

Y una vez comprendido esto, tenemos que cultivar una nueva conciencia que es la idea de que nosotros mismos no nos importamos.  Usted se preguntará ¿qué quiere decir esto?  Se trata de enfrentar nuestro propio destino.

Aceptar el destino

El único secreto espiritual es abandonar la idea de que a nosotros no debía pasarnos lo que nos pasó. Todo lo malo que nos sucede es una oportunidad de aprender, de evolucionar, de abandonar nuestro Yo separado e integrar nuestra consciencia en el plano superior del Yo unificado, que es la fuente de Poder. Esto se alcanza cuando se abandona la defensa de nuestra personalidad individual, en el sentido de sentirnos ofendidos por los actos de los otros y dolidos por nuestras desgracias.

Pero, esta contradicción no es real, sino aparente, porque no puede lograrse un estado superior sin abandonar uno inferior. El sufrimiento es parte de la vida y podemos contemplarlo como una posibilidad  para practicar nuestra  identificación con la suprema indiferencia.

Es decir, el verdadero logro será comprender que tenemos que dejar de importarnos a nosotros mismos, en el sentido de pretender que lo que nos ocurra sea siempre placentero, cuando la realidad es que muchas veces, pero muchas veces no lo será.

“No siento pena de mí, no siento pena de mí, no siento pena de mí” debemos repetir para alcanzar la unificación con la fuente de de Poder Espiritual Única.

Entonces,  comprobaremos que cuando reemplazamos por suprema indiferencia nuestra tendencia natural a sentirnos dolidos y ofendidos, nuestra conciencia se expande más allá de sus límites actuales.

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