Cómo superar el orgullo desmedido

El orgullo puede ser una emoción positiva o negativa, según sea genuino o falso. le enseñamos a saber distinguirlos para poder utilizarlos en su propio beneficio.

Entre las emociones que experimentamos, el orgullo es una de más importantes. Alrededor de los dos años de edad, la mayoría de los niños ya lo ha desarrollado, especialmente, debido a  sus logros, como aprender a caminar o a comunicarse. A partir de entonces, el orgullo juega un rol fundamental en la formación y en la regulación de la autoestima de niños, adolescentes y adultos. Cuando nos valoramos a nosotros mismos o los demás nos valoran, experimentamos orgullo y nuestra autoestima aumenta. Por el contrario, si nos juzgamos a nosotros mismos con demasiada dureza o los demás nos desprecian, experimentamos culpa o vergüenza y nuestra autoestima decae.

La emoción del orgullo tiene gran influencia sobre nuestra autovaloración, porque afecta la forma en que nos vemos y transmitimos a los demás.

ORGULLO GENUINO Y FALSO ORGULLO

La sensación de orgullo es muy placentera, pero también constituye un peligro para la salud mental y espiritual de las personas, ya que puede ser tan positiva como negativa.

La cuestión pasa por la forma en la nos han educado. Por ejemplo, cuando los padres valoran las capacidades reales de sus hijos, cualesquiera sean y sus esfuerzos por alcanzar objetivos, les brindan abundantes demostraciones de aprecio y los niños aprenden así a sentir orgullo genuino por quienes son.

Pero, cuando los padres no valoran a sus hijos tal cual son y los hacen sentir inadecuados respecto a sus expectativas y deseos, o inferiores a otros niños, entonces la capacidad para experimentar orgullo genuino se bloquea y los niños comienzan a desarrollar el mecanismo del falso orgullo para compensar el desamor de sus padres.

Como estos niños despreciados no pueden sentir orgullo por quienes son, desarrollan fantasías acerca de sí mismos, acerca de sus capacidades, de su belleza o de los logros que desean alcanzar. Estas fantasías se vuelven su principal fuente de orgullo que, en este caso, constituyen un “falso” orgullo, porque no está basado en la realidad y en la aceptación de quienes son, sino en ideas exageradas o fantasiosas.

Lamentablemente, cuando estos niños crecen, suelen convertirse en personas narcisistas, es decir, gente que sólo se ama a sí misma y que sufre por su incapacidad de amar a otros.

Para ellas, lo más importante es mantener la imagen fantasiosa de sí mismos; y no pueden dejarse conocer, pues, al hacerlo, experimentan vergüenza por quienes son en realidad.

EJERCICIOS PRÁCTICOS

Uno de los peligros del falso orgullo, del orgullo que las personas se inventan a través de sus fantasías más íntimas respecto de un sentido exagerado de su propio valor, es que la falta de fuentes de orgullo genuino puede llevar a la melancolía y a la depresión, pues éstas no sólo están relacionadas con la tristeza, sino con la falta de orgullo genuino y con la presencia de falso orgullo.

Recordemos que el orgullo genuino nos hará sentir verdaderamente bien y de manera estable, mientras que el falso orgullo, aunque puede proveernos una sensación de exaltación, sólo dura unos pocos instantes y, cuando se disuelve, nos deja un tremendo vacío.

Por lo tanto, hay que estar precavidos y aprender a controlar las emociones de orgullo. Los siguientes ejercicios van a ayudarnos en esta tarea.

Ejercicio 1: Buscar lo bueno en nosotros

Para generar un sentido de orgullo genuino, en el cual podamos basar nuestra autoestima para sentirnos bien de manera estable, es muy importante que reflexionemos y que meditemos sobre nosotros mismos hasta encontrar y volvernos conscientes de todos los puntos a favor con los que cuenta nuestra forma de ser, para que podamos afirmar nuestra personalidad en ellos.

Los puntos a favor consisten, en primer lugar, en cada uno de los actos de bondad (generosidad, amor, ternura, servicio) que hemos realizado en nuestras vidas.

Debemos repasarlos todos, uno por uno, y tenemos que hacerlo lo más a menudo posible, hasta que vayamos eliminando de nuestras mentes cualquier pensamiento relacionado con la idea de que somos, fundamentalmente, malos.

Esto no es cierto: el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, sólo puede ser fundamentalmente bueno. Se debe evitar la tentación de comparar nuestros actos buenos con nuestros actos malos.

En este ejercicio, nuestros actos malos no importan, ni siquiera importan sus dimensiones, ni los daños que podamos haber provocado, tanto a otros como a nosotros mismos.

Lo único importante es enfocarnos exclusivamente en nuestros aspectos positivos y espiritualmente más elevados.

Para empezar a generar en nosotros mayores sensaciones estables de orgullo genuino, debemos enfocarnos sólo en lo bueno que existe en nosotros.

Ejercicio 2: Eliminar la soberbia y el servilismo

La soberbia es el sentido exagerado acerca de nuestro valor, es decir, el falso orgullo, y la arrogancia es la forma avasalladora o despectiva con que nos comportamos conforme a nuestra soberbia. Recordemos que la soberbia no es un defecto menor sino el primero de los pecados capitales. Para eliminar la soberbia, debemos comprender el verdadero sentido de la humildad, es decir, su auténtica dimensión espiritual.

La verdadera humildad no consiste en ponerse siempre al servicio de los demás, pues esta actitud puede transformarse en una forma muy perniciosa de soberbia espiritual. Sólo los Santos pueden estar constantemente al servicio de los demás. La verdadera humildad tampoco es servilismo, es decir, ponernos por debajo de los demás para que éstos nos manden, sino que consiste en actuar de tal manera que nunca nos sintamos superiores ni inferiores al resto de las personas.

Por lo tanto, aunque exteriormente debamos comportarnos con la debida formalidad por las jerarquías establecidas, interiormente, debemos sentirnos siempre como si estuviésemos entre amigos o hermanos, con quienes no debería haber lugar alguno destinado a la soberbia ni al servilismo.

Para lograr esto, se deben realizar ejercicios de visualización creativa en los que nos recordemos a nosotros mismos interactuando con las personas con las que lo hacemos habitualmente. En estas rememoraciones, debemos detectar si nos hemos puesto por encima o por debajo de ellas, es decir, si hemos actuado con soberbia o nos hemos dejado avasallar.

A continuación, debemos reproducir mentalmente las mismas situaciones, pero cambiando imaginariamente nuestras reacciones y actuar como si todos fuesen nuestros hermanos.

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